Cuando empecé clown, lo hice solo para tener un espacio para reírme más. Estaba un poco triste y baja de energía, y sí, quería evadirme de mis pensamientos un rato. Lo conseguí con creces. Pero también me encontré jugando y disfrutando.

Es casi como volver a la niñez, donde jugabas con amigos, despreocupada y sin ninguna razón oculta, sin agenda paralela. Te tocaban el timbre y te decían: “¿vamos a jugar?” O si se asomaba mi mamá: “hola Sra, ¿deja salir a jugar a Dina?”. Las preguntas eran simples y directas, sin vueltas.
¿Que si sentí vergüenza? Me morí de pena los dos primeros meses, cuando pedían voluntarios para hacer ejercicios, yo jamás pasaba, y varias veces pensé en no volver. Pero me desafié y de a poco me fui animando. También me di cuenta que era miedo al ridículo, a no hacerlo bien, a equivocarme, a que no se riera ni el loro.
Descubrí que hay muchos clowns y muchas facetas de ellos. Tiernos, afilados, torpes, atléticos, circenses, habladores, callados, confusos, iluminados, ridículos, confiados, seguros, inseguros, pequeños, gigantes, grandilocuentes, exagerados, diminutos, moderados, absurdos, risueños, serios, disponibles, desconfiados, bobos, intelectuales, mufados, enojados y optimistas. Unos usan más el cuerpo, y otros, la voz. Algunos son grandes cantores y otros balbuceamos canciones. Hay bailarines y acróbatas. Pero ahí no importa, podés ser quien quieras o quien sos. Se borra la línea entre lo mal hecho y lo bien hecho; en escena, lo mal hecho puede ser muy divertido y saca risas, lo bien hecho, es celebrado y saca aplausos.
En clown, cada persona encuentra una versión de sí misma. Con lo que vengas, con lo que seas, con lo que traigas, en este espacio podés ser muchas cosas, o nada, pero sobre todo, podés ser lo que quieras.
A pesar de la diversidad (y gracias a ella también), encontré algo que atraviesa a todos, que le es común, y es la capacidad de jugar.
También me di cuenta que lo único importante era reírme de mi y disfrutar. Hace muy poco terminé Canción de Navidad de Charles Dickens. El señor Scrubb, es una persona amargada y ruín en el 80% del cuento, pero hacia el final, la magia del amor toca su corazón, y hay una reflexión muy linda que dice: “Algunos se rieron al verle cambiado, pero él los dejó reír y no se preocupó, pues era lo bastante juicioso para saber que nunca sucedió nada de bueno en este planeta que no empezara por hacer reír a algunos. (…) Su propio corazón reía y con esto tenía bastante”.
¿Qué clown soy yo? Aún lo estoy descubriendo entre risa y risa. 😉😃

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